La helada
El domingo por la mañana, a eso de las 10:30, me encontré en la calle en compañía de un par de colegas nocturnos y nos encaminamos hacia algún sitio en el que calmar nuestra sed, nuestro hambre y... nuestro frío.
Deambulando entre el Raval y el Gótico me fijé en el castañeteo continuo de los dientes de mi amigo Esteban y me dí cuenta de que lo único que faltaba era comenzar a golpearnos el cuerpo para calentarnos a base de hematomas; todo ésto me llevó a pensar en Chèjov y un cuento suyo, llamado "La Helada". En él se nos describe lo terrible del frío ruso, y lo terrible de ser un pobre diablo en un clima tan adverso (-28º), el dolor, la sensación de miseria que produce el no tener donde huir, el convertirte en una bestia que ignora las premisas básicas de la convivencia. Yo lo aguanté durante un rato y luego decidí escabullirme a algún sitio más cálido, que ya soy lo suficientemente bestia como para tener que aguantar este frío de mierda.
Deambulando entre el Raval y el Gótico me fijé en el castañeteo continuo de los dientes de mi amigo Esteban y me dí cuenta de que lo único que faltaba era comenzar a golpearnos el cuerpo para calentarnos a base de hematomas; todo ésto me llevó a pensar en Chèjov y un cuento suyo, llamado "La Helada". En él se nos describe lo terrible del frío ruso, y lo terrible de ser un pobre diablo en un clima tan adverso (-28º), el dolor, la sensación de miseria que produce el no tener donde huir, el convertirte en una bestia que ignora las premisas básicas de la convivencia. Yo lo aguanté durante un rato y luego decidí escabullirme a algún sitio más cálido, que ya soy lo suficientemente bestia como para tener que aguantar este frío de mierda.

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