Danzad malditos!!!
El Viernes pasado tuve el placer de asistir al espectáculo de danza contemporanea "Near Life Experience" del afamado coreógrafo francés Preljocac. Me comentaba mi amiga Marion lo privilegiada que se sentía, ya que habíamos adquirido las entradas unas escasas horas antes y esto en ciudades como París, donde la sensibilidad artística de sus habitantes entra en directa competencia con el número de asientos disponibles en teatros y salas y demases, resulta ciertamente inconcebible.
No acostumbro a consumir este tipo de espectáculos y me considero poco más que un batracio ignorante en el campo en cuestión pero desde mi, todavía cándido y virginal, punto de vista, el montaje fue la releche consagrada. Al son de la música de Air ( como no, estos franchutes siempre tan autosuficientes) se agitaban y relamían, en coreografías imposibles y bien memorizadas, unos bailarines de primer orden. El hilo conductor de los diferentes actos que vertebraban el show descansaba sobre impulsos universales tales como el amor, el deseo, el cortejo, el rechazo, etc... bien, bien, todo en su sitio y conceptualmente ordenado. La disposición de los actos resultaba la correcta para el perfecto entedimiento del mensaje ( simple) a transmitir. Los momentos de extásis rítmico y los de suave tranquilidad postorgásmica se sucedían alternatívamente, sin sobrecargar al espectador con coreografías barrocas ni perdese en excesos minimalistas, lo que a su vez permitía que uno pensara en su incapacidad para dejarse el omóplato tras la nuca, freír un huevo y hablar por teléfono al mismo tiempo y demás cosas por el estilo.
La sensación general era de pura atemporalidad, de realidad intangible, ya visible, ya no, en un abanico emocional que sólo en contadas ocasiones llegaba a rozar la sensiblería de anuncio de cacharel cacharel (todo un logro). Supongo que el espectáculo en sí podría decepcionar a los curtidos de la contemporánea y agradar al resto de los mortales y, como me cuento entre los segundos, a mí mismo. Y un montón.
A destacar las coreografías con ovillos de hilo que trenzaban los danzantes en una relectura del clásico juego de patio de colegio el cuál se trataba de hacer y deshacer figuras geométricas partiendo de un simple hilo y unos dedos ágiles.
No acostumbro a consumir este tipo de espectáculos y me considero poco más que un batracio ignorante en el campo en cuestión pero desde mi, todavía cándido y virginal, punto de vista, el montaje fue la releche consagrada. Al son de la música de Air ( como no, estos franchutes siempre tan autosuficientes) se agitaban y relamían, en coreografías imposibles y bien memorizadas, unos bailarines de primer orden. El hilo conductor de los diferentes actos que vertebraban el show descansaba sobre impulsos universales tales como el amor, el deseo, el cortejo, el rechazo, etc... bien, bien, todo en su sitio y conceptualmente ordenado. La disposición de los actos resultaba la correcta para el perfecto entedimiento del mensaje ( simple) a transmitir. Los momentos de extásis rítmico y los de suave tranquilidad postorgásmica se sucedían alternatívamente, sin sobrecargar al espectador con coreografías barrocas ni perdese en excesos minimalistas, lo que a su vez permitía que uno pensara en su incapacidad para dejarse el omóplato tras la nuca, freír un huevo y hablar por teléfono al mismo tiempo y demás cosas por el estilo.
La sensación general era de pura atemporalidad, de realidad intangible, ya visible, ya no, en un abanico emocional que sólo en contadas ocasiones llegaba a rozar la sensiblería de anuncio de cacharel cacharel (todo un logro). Supongo que el espectáculo en sí podría decepcionar a los curtidos de la contemporánea y agradar al resto de los mortales y, como me cuento entre los segundos, a mí mismo. Y un montón.
A destacar las coreografías con ovillos de hilo que trenzaban los danzantes en una relectura del clásico juego de patio de colegio el cuál se trataba de hacer y deshacer figuras geométricas partiendo de un simple hilo y unos dedos ágiles.

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